Para mí el pueblo es ese lugar en el corazón donde te sientes libre. No hay horarios, preocupaciones ni responsabilidades, por no haber no hay ni cobertura. Quizás sea precisamente eso, la ausencia de comunicación con el exterior, la ausencia de globalización, lo que le hace especial.
Quizás también tenga que ver los buenos momentos vividos en la infancia, de veranos y fines de semana. Bicicletas y pedales, cuestas arriba y cuestas abajo, zarzas sobre las que te caías pero que no te importaban, siempre adelante, siempre contenta.
En su pequeña dimensión: cruzar un río, subir una colina, construir cabañas y hacer merendolas en un prado, son grandes aventuras que te llenan de felicidad, porque todas esas pequeñas cosas son las que te hacen sonreír por dentro.
Con el paso del tiempo recordamos todas aquellas anécdotas de años pasados, con la nostalgia y añoranza de la verdadera libertad. En cambio ahora, no lo vivimos tan intensamente, debido a las responsabilidades que con el tiempo vamos adquiriendo y es más complicado. Quizás será por el hecho de que ahora mismo asomada por la ventana, no percibo los olores del campo, ni el sonido de los pájaros, simplemente escucho el rascar del bolígrafo sobre el papel mientras hago otra entrada en este blog.
Si hay un lugar donde los olores y colores se funden en un abrazo, ese es mi pueblo. La sensación de seguridad: todo permanece, todo queda, todo pasa… se hacen únicos aquí. Puedes sentir lo pequeña que eres, un ser diminuto en el universo y sin embargo la fortuna que tienes, eres parte de algo grande, de un universo paralelo a lo cotidiano.
Conocer a la gente, a los tíos, padres, abuelos, de mis amigos, pasar a sus casas, siempre abiertas, colarte en sus habitaciones para despertarles, te hacen sentir como en una gran familia que no cambiaría por nada, aunque siempre estarán esas señoras mayores que no teniendo otras ocupaciones, ocupan el banco de la carretera para ver quien sube, quien baja, y de vez en cuando preguntar a algún amigo que te visita: “¿Y tú de quién eres?”.
Las mejores fiestas, desde luego no son las de las discotecas, sino las de los pueblos en verano. Y ese peregrinaje, de casa en casa, para ver cómo buscamos transporte nocturno que nos lleve. No resulta muy difícil, ya que siempre quedan padres marchosos de fácil convencimiento, y si eso no es así te toca ir o volver andando.
Música, amigos de otros pueblos, el chiringuito de los churros y patatas fritas y algún que otro amigo “desfasado”.
Son las 4:00, o las 5:00 ó las 6:00, la fiesta no decae sobre todo sí los padres no aguantaron y lo que te toca es volver a pie. Ver amanecer por el camino, es toda una experiencia. Las risas de tus amigos cansados, la desesperación por alcanzar “tú cama” y saber que al día siguiente te darán durmiendo las tres. Y así cada fin de semana de verano. Aunque no todo es fiesta, fiesta, fiesta, siempre hay algún “querido profesor” que cree que no te has esforzado suficiente durante el curso y te***, te pone más deberes.
Los que tenemos pueblo, tenemos un tesoro, aunque algunos fines de semana de invierno, te obliguen a ir y no haya ni “Peter”. Fines de semana, en los que suele hacer 10º C bajo cero, montañas nevadas, tuberías congeladas, pero finalmente pese a esas inclemencias, miras por la ventana sales a la calle, y ves que ha merecido la pena venir.





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